LOS MUNDOS DISIMILES DE LOS NIÑOS
Enero 9, 2009
Especial para elchiricano.com
por Milagros Sánchez Pinzón de S.E.Culturama
Desde Virginia, EEUU
Hoy visitamos la Escuela Pública Richneck, localizada en la ciudad de Newport News, Virginia, urbe costanera del este de los Estados Unidos, habitada por unas 190 mil personas.
El inmenso edificio color ladrillo alberga a 631 estudiantes distribuidos en treinta y un aulas. Un promedio de veinte alumnos se registra en cada grado.
Efectuamos un breve recorrido por el centro educativo con la intención de apreciar las características físicas del sitio para compararlas, aunque fuera de manera somera, con estructuras similares en nuestro país, por lo menos las conocidas en Chiriquí.
Primeramente, debimos registrarnos en una computadora, la cual además de recibir nuestro nombre y tomarnos una fotografía, estaba programada para entregarnos el carné adhesivo que nos permitiría penetrar en las instalaciones. Íbamos a participar del periodo de “lunch” (almuerzo) de Jason, un alumno del jardín de infantes.

En un pasillo, observamos una fila conformada por estudiantes de diferentes orígenes raciales: chinos, árabes, negros, hispanos y anglosajones. Quizás, alguno de ellos en un futuro podría llegar a ser el presidente de los Estados Unidos, este país que hace solo cuarenta anos aplicaba la segregación racial en las escuelas (lo que no significa que la discriminación este completamente suprimida).

La primera impresión que recibimos era que se parecía más a un organismo privado. Amplios pasillos, aseo impecable en los sanitarios y en los salones de clases, murales cuidadosamente decorados… Entramos a un comedor espacioso y nítido que hervía por el bullicio de medio centenar de niños que se mezclaban indistintamente en las mesas para degustar los alimentos del menú del día: brócoli al vapor, salchicha con pan (el tradicional hot dog estadounidense), manzana hervida, quesadillas, leche y manzana. Cada infante pagaba por ello $1.60. El progenitor que desea compartir ese momento de recreación con su hijo en la escuela puede hacerlo cubriendo el costo de su almuerzo.
Al parecer, cancelar la comida diaria es el único pago directo que se efectúa cotidianamente, pues un autobús escolar recoge y entrega a cada alumno en su barrio; los libros y todos los materiales didácticos son proporcionados por gobierno estatal y los estudiantes no portan uniformes sino que visten de acuerdo a la temporada. En este sentido, el ciudadano estadounidense considera que los altos impuestos que tributan al Estado justifica la cobertura que reciben sus hijos en materia educativa.
En los Estados Unidos sucede lo contrario a Panamá, acá las escuelas públicas, en la mayoría de los casos, disponen de más recursos que las privadas, aunque esto no es indicativo de que sea mejor la educación. Dependiendo del distrito escolar, hasta los niños ricos van a las escuelas públicas.

Cuando contemplé todo esto, recordé la tragedia de Marilin y Juan Palacios, dos pequeños ngöbes que encontré un día de julio de 2008, en el camino de Los Ángeles de Gualaca. Marilín cargaba -con ayuda de su padre- la silla que necesitaba en su escuela de la Comarca y Juan, montado a caballo, llevaba las latas de pintura que requería el lejano centro. Tenían que caminar dos horas y media para llegar a su objetivo. Si las cosas son así con el mobiliario de la escuela, como podrían pensar ellos en la hora del “lunch” o en el autobús buscándolos cerca de sus casas o siquiera que el Estado les proporcionara los útiles escolares. ¡Que abismal diferencia entre los dos sistemas educativos, que abismal diferencia entre las condiciones del primer mundo y el submundo nuestro… Y eso que las leyes internacionales aseguran que todos los niños tienen iguales derechos!
