LA CASCADA DEL PARAÍSO
Marzo 15, 2008
Milagros Sánchez Pinzón
Cuando al Semanario Educativo Culturama, en sus recorridos por los pueblos chiricanos, le comentan sobre la existencia de una cascada impresionante escondida entre las montañas y que pocos conocen, el gusanillo de la curiosidad nos impulsa a ir en pos de ellas. Así nos ocurrió con Cabellos de Ángel (en Breñón de Renacimiento), Las Mellizas (en Santa Rosa de Bugaba) y el Salto del Tigre (en el río Colorado de Volcán). En esta ocasión fue el profesor Ariel Serrano quien nos informó de la belleza de un “chorro” localizado más o menos a una hora de camino del caserío de Santa Marta, en Paraíso de Boquerón. El domingo 9 de marzo, un grupo de cinco varones y cautro mujeres nos dispusimos emprender la aventura. Debido a la estación seca y al descenso del nivel de las aguas, pudimos cruzar en automóvil de doble tracción el río Piedras, a la altura de Guayabal de Boquerón, llegar hasta Paraíso y a unos kilómetros más al norte alcanzar la comunidad de Santa Marta. Hasta allí llegaba el auto, luego de hora y media de viaje desde David. Desde Santa Marta se comenzó a ascender y descender por varias elevaciones montañosas hasta divisar el exuberante bosque de galería que bordea al río Piedras y en el cual debíamos adentrarnos. (Google Earth nos indicará posteriormente que estábamos a unos 1,016 metros sobre el nivel del mar).
Menos mal que el profesor Ariel nos había equipado con cuerdas, pues éstas tendrían que usarse para descender al cauce de la corriente (la pendiente alcanza, en algunos puntos hasta 85 grados de inclinación). Igual proceso se aplicaría para el ascenso, amarrar la cuerda a los árboles y escalar. Las raíces de los árboles y las lianas servirían de sostén en ciertas partes. Después de casi dos horas, el excitante periplo se complementó con escuchar el estruendo del agua al caer y contemplar la cascada. Era el mismo río Piedra que discurría desde unos 30 a 35 metros de altura para formar un “charco” verde turquesa, con aguas ligeramente frías. Algunos de los “exploradores” disfrutaron de un baño y otros nos dedicamos a tomar fotografías y apreciar el magnífico paisaje: un espeso bosque con su biodiversidad de plantas y animales.
En la orilla, la fina lluvia que se formaba por el salto de agua, nos refrescó mientras tomábamos la merienda que dio las fuerzas necesarias para emprender el largo viaje de regreso. Era evidente una vez más, para quienes están acostumbrados a la vida en el campo, una hora de camino en esos parajes significa, para los urbanos, el doble del tiempo…no obstante, la satisfacción de avistar estas límpidas aguas compensa tanto esfuerzo.


