Por Londres a lomo de caballo…
Febrero 3, 2010
Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama (mspinzon@gmail.com)
Existen dos Londres, la capital británica y un pequeño caserío de Gualaca, en Chiriquí. Mientras que el primero está poblado por 7.5 millones de personas y su contaminación aérea está entre las peores de Europa, el segundo solo tiene 50 habitantes que respiran aire puro, barrido constantemente por las brisas húmedas de las montañas.
Muy pocas personas conocen al Londres panameño. El río Gualaca lo bordea por el oriente; el Cerro La Jaba (1,300 m.) por el occidente y el exuberante Cerro Hornito, con sus 2,102 metros sobre el nivel del mar, lo flanquea al norte.
Desde que al agricultor Leonidas Patiño, allá por la década del cuarenta, se le ocurrió denominar con el mismo nombre de la metrópoli inglesa a estas tierras intermontanas, los londinenses chiricanos se dedican básicamente a la cría de ganado de leche y ceba, aunque producen para el autoconsumo: maíz, frijoles, naranjas, yucas, ñames, ajíes, otoes, guineos, plátanos, gallinas, puercos…
Curiosos por verificar si realmente en esa región coexiste una veintena de saltos de agua, acordamos con Efraín González encontrarnos a las siete de la mañana del martes 2 de febrero de 2010, en la entrada de Londres, en la vía transístmica que une a Chiriquí con Bocas del Toro. Candelario y Pancho Julio eran los caballos pertenecientes a los González que nos ayudarían en la larga faena por los cerros y valles del septentrión gualaqueño.
Al recorrido por Londres se sumaron Héctor González y Gadiel Del Cid, lugareños cuyas manos endurecidas atestiguan el rudo y férreo trabajo que desempeñan desde el amanecer hasta ponerse el sol. Y es que ellos conocen cada rincón de esas montañas los cuales describen, orgullosos, a los foráneos. Para ellos su riqueza está en esos suelos…
El quinteto expedicionario avanzó por la margen izquierda del río Gualaca en busca de las caídas referidas. Primero nos topamos con El Salto del Toro (llamado así porque uno de estos vacunos fue arrastrado por la corriente y logró sobrevivir). Este es un espectacular sistema de saltos -en caída de 45º- que se despliegan por casi 300 metros. El lecho rocoso aflora en bloques escalonados y origina charcos de tres a cuatro metros de profundidad, verdaderos balnearios de límpidas aguas que durante la estación lluviosa soportan más caudal.
Luego nos encontramos con Los Gemelos I y Los Gemelos II, estos últimos bifurcados en una caída libre de casi diez metros. Como a un kilómetro, río arriba, nos sorprendió El Túnel, imponente cascada de 12 a 15 metros que se desparrama por una pared coronada con dos masas pétreas semiredondeadas que parecen suspendidas en el aire, a punto de desplomarse. Muy cerca de este salto descubrimos una roca con restos marinos fosilizados, prueba de que el istmo de Panamá estuvo sumergido en el fondo del mar hace millones de años.
Charco de la Canoa creado por la Quebrada Brazo Sucio, un afluente del río Gualaca, fue el último de los puntos visitados. Aunque el periplo consumió nueve horas a caballo y dos a pie, no pudimos cubrir toda la zona, allá todavía nos esperan los chorros de Brazo Tigre, La Pita y Las Nubes.
La jornada la culminamos en casa de Héctor González y su madre Lika Castillo, al mejor estilo de los londinenses chiricanos: con sancocho repleto de suculentas verduras, arroz con guandú, gallina de patio y chicha de guineo. Todo, exceptuando el arroz, fue producido por ellos, por eso reclaman que se construya una verdadera carretera hasta su pueblo, para poder mercadear lo extraído de sus tierras y rechazan la instalación de una hidroeléctrica que arrancará el 90% del agua del río Gualaca para dejarles el “ridículo” 10% de caudal ecológico. Están seguros que con esa explotación hídrica las lisas, los robalos, las mojarras y sábalos que todavía pescan en esa corriente desaparecerán para siempre y los manantiales y ojos de agua que brotan por doquier en esas montañas se extinguirán. Los londinenses de Gualaca entonces sí se parecerán a los de la Gran Bretaña: tendrán que comprar agua embotellada.
****El río Gualaca nace en las estribaciones del Cerro Hornito, a más de 2,000 m.s.n.m. y se desplaza de norte a sur por 34.5 kilómetros hasta depositar sus aguas en el río Chiriquí, a 36 m.s.n.m.
Clavados desde el puente…
Enero 24, 2010
Por: Milagros Sánchez Pinzón (Semananario Educativo Culturama- mspinzon@gmail.com)
Llegó la estación seca y con ella la gente de “tierra adentro” se vuelca a las fuentes naturales de agua para aminorar el sofocante calor del trópico.
Aunque durante esta temporada experimentan una drástica reducción, los ríos caudalosos son los más apetecibles, principalmente en los puntos donde se forman “charcos” profundos y la vegetación exuberante brinda cobijo a las familias que deciden huir de las altas temperaturas de pueblos y ciudades.
****En Chiriquí es casi un ritual la ida al río. Desde temprano los más pequeños se entusiasman con la hora de emprender el viaje y los grandes preparan con tiempo algunas viandas tradicionales (sancocho, arroz con guandú, gallina de patio, tajadas maduras) y, si es posible, montar el fogón para cocinar a orillas de la corriente.
Quienes no tienen vehículo para alcanzar estos sitios de recreación caminan largas distancias para llegar hasta ellos. Poco a poco, especialmente los domingos, se van abarrotando los balnearios naturales del río Platanal, Escarrea, Gariché, David, Cochea, Majagua, Piedra, Fonseca, Tabasará, Santiago, entre otros.
****En algunos de estos centros espontáneos de esparcimiento, la creatividad y el arrojo de los jóvenes resultan impresionantes. Como el caso de los residentes de Macano, Santa Rita y Paraíso, comunidades del distrito de Boquerón, que tienden a reunirse en las piscinas naturales formados por el río Piedras, casi en su punto de confluencia con el Chuspa, a una altitud de 644 metros sobre el nivel del mar.
Estos lugareños, tratando de escapar de lo rutinario, se lanzan desde el zarzo que comunica a las comunidades de Guayabal con Paraíso hasta el “charco” que les espera abajo formado por la zigzagueante corriente del Piedras. El rudimentario puente colgante se eleva ocho metros.
****No conformes con esto, los arrojados nadadores (incluso algunas chicas, como Eibis Fuentes) se envalentonan todavía más y deciden proyectarse desde el puente en construcción (paralelo al zarzo) que alcanza entre 11 y 12 metros sobre el nivel del río. Se trata de una prueba de verdadero coraje, pues algunos avanzan hasta el punto de lanzamiento pero a última hora se arrepienten al ver la profundidad de la caída. Y no es para menos, porque los clavados desde los trampolines en las piscinas olímpicas alcanzan una altura máxima de 10 metros.
Nosotros nos dedicamos a contemplar y fotografiar a la decena de temerarios bañistas que, sin pensar en las fatales consecuencias que puede acarrear su osada aventura, se lanzaban una y otra vez desde tales estructuras ante la sorprendente mirada de los curiosos.
Otros, continuaban indiferentes y aprovechaban al máximo las frescas aguas que confluyen en ese paso. Es que ésta es, posiblemente, una de las últimas temporadas para disfrutar de ese lugar. En poco tiempo, una hidroeléctrica desviará las aguas del río Chuspa para aumentar el caudal del Piedras y el paraje actual desaparecerá cuando echen a andar las potentes turbinas generadoras de la energía requerida a grandes distancias, pero que –paradójicamente- no contempla satisfacer las necesidades de los locales, pues a pocos metros de la planta todavía no conocen las bondades de la hidroelectricidad. Y si piensa que esto no es así, pregúntele al 52% de las familias residentes en Hornito (donde está Fortuna funcionando desde hace 26 años). Ellos aun se alumbran con guarichas y velas…
El mundo perdido de Chorcha…
Enero 13, 2010
Por: Milagros Sánchez Pinzón (Semanario Culturama) mspinzon@gmail.com
Penetrar en las faldas occidentales de la Gran Emplanada de Chorcha es como introducirse en el mundo perdido creado por la pluma del británico Arthur Conan Doyle. Árboles inmensos, rocas imponentes y… peligrosas serpientes. Debíamos estar preparados. Todos los interrogados sobre cómo llegar hasta el majestuoso chorro que se observa en la ruta Veladero-Los Angeles, distrito de Gualaca, nos advertían: hay muchas víboras.
Erróneamente creíamos que durante la estación seca era menos probable tener un “encuentro cercano del tercer tipo” con estos ofidios, pero resultó todo lo contrario; en esta época se acercan a las fuentes de agua y es normal hallarlos en el camino hacia éste, uno de los cuatro chorros que se desploman de la cúspide de la Meseta de Chorcha (formación volcánica de 492 metros de altitud compartida por los distritos de Gualaca, David y San Lorenzo). Ese es su hábitat, nosotros seríamos los intrusos.
Jonathan Asprilla, bachiller en electrónica de dicienueve años que cada mañana ordeña las vacas con la soberbia altiplanicie basáltica a sus espaldas, nos dirigía a cuatro exploradores, el 7 de enero de 2010.
Partimos a las 8:30 de su residencia -que también es un pequeño abarrote- muy cerca de la entrada de Redondito, caserío del corregimiento de Rincón. A paso rápido, tratando de seguir al guía, atravesamos una serie de potreros, propiedad de los Asprilla, hasta alcanzar el río Chorcha donde unas niñas ngäbes lavaban ropa y otros pequeños jugaban en la corriente.
El zarzo que nos permitiría alcanzar la otra margen se encontraba en pésimas condiciones, solo un tercio del mismo tenía hojas de aluminio como base y el resto tenía que remontarse desplazándonos por el tendido de alambres que lo conformaban. Tres decidimos arriesgarnos por esta endeble estructura y dos optaron por cruzar el río aguas más bajo.
Comenzamos a escuchar el estrépito de los monos congos (Alouatta palliata) al aproximarnos a la Gran Meseta. El aullido es tan profundo que parece emanar de primates enormes, pero ellos solo alcanzan un tamaño de 60 a 62 cm. y un peso entre 15 a 30 libras. Cuando penetramos en la floresta, desde la copa de los árboles más altos, algunos simios bombardearon con sus residuos orgánicos a varios de los compañeros. Estábamos invadiendo su territorio.
Toparse con la Quebrada El Chorro, que da vida al salto buscado, resultó impresionante por las dimensiones de los cuerpos rocosos depositados en el cauce; evidencia de la fuerza hidrodinámica que alcanza esta masa de agua en otras temporadas. Árboles erguidos con decenas de metros escoltaban sus orillas.
Mientras nos dedicábamos a contemplar el regio paisaje y tomar fotografías, uno de los compañeros descubrió entre las rocas una culebra terciopelo (Bothrops asper). Estuvimos a pocos centímetros de pisarla, estaba muy camuflada. Este encuentro nos mantuvo el resto de la jornada (que duró cuatro horas) con los sentidos más azuzados, especialmente porque este ejemplar pertenece a la familia Viperidae o de las tobobas venenosas. Jonathan nos aseguró que durante sus periplos por las estribaciones de Chorcha es usual encontrar tres o cuatro de estos temibles reptiles, aunque también se pueden ver especies más inofensivas como pavas, venados y perdices.
Poco después del susto con la terciopelo llegamos a uno de los escalones por donde se desplaza la Quebrada El Chorro desde la cima de la Meseta. Se trata de una inmensa pared de basalto que aflora por casi 50 metros de ancho y unos 200 metros de alto, aunque es probable sea mucho más… Es sumamente difícil calcular la altura de estos saltos, pero lo cierto es que es un sitio espectacular.
Solamente el guía y yo tratamos de escalar esa mole ígnea con casi 45 grados de inclinación, pero desistimos a mitad del ascenso por lo resbaladizo del material y por no llevar las cuerdas apropiadas para la exigente empresa. Nos conformamos con vislumbrar -desde ese estratégico espacio- el bosque enmarañado circundante y al resto de los compañeros que se veían tan diminutos allá abajo. Añoramos entonces una próxima travesía en la época de lluvias para apreciar la cascada en todo su esplendor, cuando se desparrama por ese afloramiento volcánico tan descomunal que incluso se aprecia a varios kilómetros de distancia.
Nuevamente nos sentimos satisfechos, habíamos logrado “conquistar” otra de las cascadas de Chiriquí, esas que por su relativa lejanía de la “civilización” atesora algo de la naturaleza salvaje, con todos sus secretos y misterios…
***Primera foto de Cascada a la distancia: Olmedo Miró (17 de agosto 2009)
***Fotos restantes: Milagros Sánchez Pinzón (7 de enero 2010)
***Exploradores: Osman Esquivel (Estudiante de Periodismo UNACHI), Cristhian Ibarra y Reydell Quintero (Estudiantes de Geografía e Historia UNACHI).
Muy cerca de las ballenas…
Diciembre 28, 2009
Milagros Sánchez Pinzón (mspinzon@gmail.com)
Le debo este artículo a Tomás. Siempre que lo veo me lo recuerda y es que han pasado varios meses desde que él, capitán de la embarcación Happy Hour, nos condujo en nuestra primera experiencia por el Golfo de Chiriquí.
Todo se dio en septiembre de 2009, cuando el oceanógrafo alemán Hans Hartman visitó la Provincia y nos solicitaron acompañarle por algunos puertos del Pacífico para que entrevistara a los pescadores, pues este investigador de la Universidad de La Rochelle intenta realizar un estudio para lograr el co-manejo de los recursos marinos pesqueros en el Golfo Dulce (Costa Rica) y el Golfo de Chiriquí (Panamá).
Para la ocasión, el ingeniero Luis Ríos puso su yate Happy Hour a disposición del seguidor de Jacques Cousteau y partimos del puerto de Pedregal a tempranas horas. A lo lejos divisábamos –tenuemente- al testigo silencioso de los siglos, el Barú, esa increíble mole ígnea que nunca habíamos contemplado desde el mar.
Poco a poco fuimos dejando el Estero de Pedregal con sus meandros saturados de mangles. Las lanchas de los pescadores artesanales quedaban en el camino mientras que otras con mayor potencia nos sobrepasaban velozmente, como el barco de Mar Viva, la fundación protectora del Parque Nacional Coiba.
En el trayecto, Tomás Bernal Montenegro (nacido en 1959), el experimentado capitán de nuestra nave, nos señalaba cada uno de los sitios interesantes: Playa Pipón, la Boca de San Pedro, islas Sabino, Chalapa, Boquita, Batipa, Mono, Boca Brava… Desde los diez años, el pedregaleño Tomás comenzó a recorrer con su progenitor las aguas del Golfo y el Archipiélago de Las Paridas y podría decirse que conoce cada vericueto de este espectacular conjunto marino, de ahí que la bióloga estadounidense Kristin Rassmussen, durante los últimos diez años, se sirve de los valiosos conocimientos que posee Tomás sobre el área para desarrollar sus estudios sobre las ballenas que, de agosto a octubre, circulan por estas aguas.
Durante nuestra travesía por el Parque Nacional Marino Golfo de Chiriquí, después de pasar unas horas en Boca Chica, tomamos rumbo a una de las playas más hermosas del Pacífico chiricano: Gámez, ubicada en la isla del mismo nombre. Poco antes de llegar a este paradisíaco lugar, el capitán nos advirtió que varias ballenas estaban próximas al yate. Lastimosamente nuestra cámara no pudo captar ninguna imagen, solo una estela que deja el mamífero en su navegar, pero Tomás nos facilitó algunas impresionantes fotografías tomadas por Rassmussen en una de sus giras.





Se dice que el Archipiélago de Las Paridas debe su nombre a que hay una isla de gran tamaño (Isla Parida) rodeada de otras más pequeñas que parecen surgidas de aquélla, yo sumaría a esta versión el hecho de que las ballenas llegan a esa zona para aparearse y parir a sus crías ¿por qué no éste el origen de la vernacular designación para este grupo isleño?
En Gámez, casi todos los que acompañaban a Hartman no resistieron la tentación de esas aguas turquesas y se zambulleron en ellas.
Nuestra travesía de nueve horas por el increíble Golfo de Chiriquí fue sensacional. Ojalá todos los panameños, aunque sea una vez en la vida, puedan visitar estos parajes. Una experiencia de esta naturaleza será inolvidable y menos costosa que una visita a Disney World.
* Todas las fotos de las ballenas pertenecen a Kristin Rassmussen, tomadas cerca a Isla Secas, entre agosto y septiembre de 2008.
* Otras fotos: Milagros Sánchez Pinzón.
* Informes de travesías por el Golfo de Chiriquí con Tomás Bernal, en el celular 6962-1603
Bajando machos en el Fonseca…
Diciembre 28, 2009
Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama (mspinzon@gmail.com)
Hace unos años me solicitaron elaborar la biografía del caficultor boqueteño Plinio Ruiz González (1917). En una de las tantas conversaciones que sostuvimos para extraer esos tesoros del pasado que conserva nítidamente en su memoria, don Plinio me refirió un episodio de su infancia con estas palabras: “La ‘gallada’ de amigos iba al río Caldera, que tenía en ese entonces más caudal que ahora. Nos reuníamos para ‘bajar machos’; así le decíamos a las ondas formadas por el agua que bajaban a gran velocidad y en gran volumen. Todo comenzaba cuando se arrojaba quien se decía el más valiente y de allí en orden de coraje le seguíamos. Nunca supe a qué velocidad corría el agua, pero era tan rápida entre onda y onda que a veces no podíamos respirar, nunca tuvimos que lamentar ningún caso aunque pudo fácilmente costarnos la vida”.
Desde aquel emocionante relato narrado por el fundador de Café Ruiz, se quedó en mi mente esa frase: “bajar machos”, cuán lejos estaba de imaginarme que algún día tendría la oportunidad de experimentar esa misma emoción que sintiera el veterano caficultor, no en las gélidas aguas del Caldera sino en las cálidas del oriental río Fonseca.
El Fonseca es un potente y caudaloso río que nace a 1,172 metros sobre el nivel del mar, en las tierras septentrionales de la Comarca Ngobe-Buglé, prácticamente en la Divisoria Continental. Recorre casi 80 kilómetros, de norte a sur, y en su largo camino para encontrarse con el Pacífico atraviesa numerosas comunidades, cuyas tierras nutre con la savia de sus aguas.
El domingo 20 de diciembre nos dispusimos “bajar machos” en esa impetuosa corriente, a la altura de un zarzo que une los caseríos de Sábalo con Balita. La proximidad de la estación seca era lo ideal para emprender la aventura, pues el Fonseca es caudaloso y crece con frecuencia desbordando las inmediaciones. Íbamos preparados con un tubo extraído de la llanta de un camión y confiados en la experiencia de nuestro instructor, Emmanuel Guerra, en esta especie de “rafting artesanal”.
Atravesamos el cauce por uno de los remansos hasta alcanzar una franja de pequeños rápidos por donde nos deslizaríamos ayudados por los flotadores. Algunas de las ondas que se forman por el roce del líquido contra las rocas alcanzaban casi medio metro. Estas “aguas blancas” (denominadas así en la lexicología del rafting por la espuma que se forma) contrastaban con el color turquesa del resto de la corriente.
Las ondas eran vertiginosas y el primer descenso tan apresurado que apenas nos dio tiempo para lanzar algunos gritos de emoción ¿o más bien de temor? Se nos fueron tres horas entre “saltar machos” y pasear en el flotador por las refrescantes aguas del Fonseca. En las orillas nos resguardaban enormes árboles de cedro espino, guabo de monte, rasca, jobo de puerco, guásimos, higuerón y guabino, muchos de ellos con impresionantes formaciones enraizadas. Una garza morena se posó en uno de los troncos atrapados por la corriente.
Todavía quedan muchas ecoaventuras que emprender por las tierras orientales de Chiriquí. La próxima vez voy a atrapar “machas”, unos camaroncitos de tres pulgadas que todavía pueden capturarse en las cristalinas aguas del Fonseca… eso si los millonarios proyectos hidroeléctricos que usufructuarán pronto esta corriente nos permiten continuar disfrutando de estos espacios naturales en todo esplendor.
Dos últimas fotos: Zarzo sobre el río Fonseca a la altura de San Lorenzo y puente en construcción sobre el mismo río que comunicará Soloy con Cerro Banco (diciembre, 2009)
Fotos: Milagros Sánchez Pinzón
