LA SOLEDAD DE HORNITO…

Marzo 1, 2010

Por: Melva Miranda (Movimiento Federalista de Panamá)
Hornito, con una población de 1,251 habitantes (según censo 2000), es el segundo corregimiento más poblado del distrito de Gualaca, con una riqueza hídrica sin comparación en el país. En una de sus comunidades se construyó hace más de 25 años, la hidroeléctrica más grande de Chiriquí, en Fortuna. Como ironía a su nombre, este pueblo -de donde se extrae el agua para la Represa no ha tenido la “fortuna” de que le pongan energía eléctrica para alumbrar sus hogares. Y como dice doña Arcenia Samudio “vivimos a oscuritas y cuando nos enfermamos nos tienen que sacar en hamacas…” porque su camino de acceso es un verdadero calvario.

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Soledad, otra de sus comunidades y que tuvimos la oportunidad de conocer este domingo 28 de febrero de 2010, es una región de belleza incomparable y de gente buena y trabajadora. “Que sola se ha quedado la Soledad, olvidada por los gobernantes de este país”, nos dicen sus pobladores. Llevan toda una vida soñando con mejores caminos, con los puentes prometidos y nunca realizados y sin energía eléctrica.

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Esta comunidad tiene como límite natural al río Chiriquí, que divide a Boquete de Gualaca y, a su costado, se ubica la recién construida Hidroeléctrica Los Algarrobos. La ruta tradicional para  acceder a ella es entrando por el corregimiento de Caldera, donde los vehículos pueden llegar hasta el límite del río. Igualmente se puede llegar por Fortuna, pero sólo a pie o a caballo.

Desde 1994 se empezó a construir un anhelado puente colgante vehicular a la altura del río Chiriquí en el paso que conduce a Soledad. Desde ese año, tres gobiernos han pasado y a cuenta gotas se le ha ido llevando materiales para la construcción del puente.  Hasta 2007  se terminó de llevar todo el material. Desde este año a la fecha, han pasado tres años y no se ha armado el puente. Funcionarios del MOP les aseguraron en su momento, que de contar con todo el material a la orilla del río, les tomaría probablemente un mes construirlo.

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La comunidad, haciendo ingentes esfuerzos, visita las lejanas oficinas del MOP en David donde le prometen que llegarán para concluir el trabajo y nunca llegan. Las pocas veces que en esos años han llegado, lo único que coordinan es lo relativo a un llamado bono de 100 dólares, para el almuerzo que la comunidad les debe ofrecer al personal prometido y varias han sido las veces que llegan, se comen los almuerzos y se van y el pueblo continúa esperando que terminen el puente.

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Actualmente, un funcionario que representa al diputado del área, les promete la carretera que tienen proyectada desde Fortuna hasta Quebrada El Frito y Soledad y de aquí hasta el paso colgante sobre el río Chiriquí. Amanecerá y veremos. La gente ya está cansada de promesas.

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Cuentan que tienen veinte años desde que le prometieron el zarzo sobre la Quebrada Nancito (desde los tiempos de Otilio Miranda). El material para este puente se llevó completito y nos dicen que está guardado en un sitio muy cerca del lugar, durmiendo el sueño eterno, porque ningún director de obras públicas le ha interesado concluir de una vez por todas el bendito puente. La explicación nos la dan: es una ruta que mayormente queda en el distrito de Boquete, siendo competencia del corregimiento de Caldera, pero como no está poblada, no supone votos para los representantes, por eso no arreglan el camino; pero la tienen que utilizar los habitantes de Soledad, no por ser la mejor vía, sino por ser más corta y menos dura que si tuvieran que salir por Fortuna y de aquí a la vía que conduce a Bocas del Toro y luego a Gualaca o a David.

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El proyecto de conexión eléctrica para Soledad, que ya lleva dos estudios, se han triplicado sus costos: al final, se utilizan los dineros del pueblo para pagar tales estudios, y al final no se sabe si el Programa de electrificación rural, si el FIS, si el Gobierno, si el PRODEC o si la Diputación lograrán hacer realidad esta otra aspiración de este pueblo.

Fortuna, Soledad y todos los pueblos de Gualaca deben y merecen gozar de los beneficios elementales del siglo XXI para desarrollarse: energía eléctrica y caminos asfaltados para que sus ciudadanos puedan tener aunque sea una mediana calidad de vida. ¡Hasta cuándo esperarán por esas promesas!ç

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Por: Milagros Sánchez Pinzón (Semanario Culturama. mspinzon@gmail.com)

Los días del Carnaval 2010 nos sirvieron para colgarnos una mochila y dirigirnos hacia la península de Osa, conocida como la última frontera salvaje de  la vecina Costa Rica. Nos habían comentado que en Puerto Jiménez las guacamayas rojas (Ara macao),  esas hermosas aves de plumaje multicolor que alcanzan hasta 96 centímetros de largo, llegaban hasta los restaurantes y casi departían con los comensales.

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Pensando en contemplar en libertad a estos pericos gigantes, casi extintos en nuestro Istmo,  tomamos un autobús en Paso Canoas (en la frontera entre Panamá y Costa Rica) que nos trasladó a Golfito y ahí nos embarcamos por el Golfo Dulce -durante treinta minutos- hasta alcanzar Puerto Jiménez.

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Jiménez,  con unos 8,000 habitantes, está enclavado en la costa oriental de Osa. Muchos de sus primeros pobladores eran chiricanos que buscaban expandir sus labores de pastoreo. Luego de muchos años de ser un territorio dedicado a la ganadería intensiva, los habitantes de este lugar decidieron convertirlo en una zona netamente turística; dejaron que el bosque se restableciera y que los animales silvestres pulularan libremente al punto que estos se atreven a permanecer muy cerca de los humanos. Por ello, todas las actividades económicas actuales giran en torno al ecoturismo (snorkel, pesca deportiva, buceo, senderismo, montañismo, rafting, cannoping).  Diariamente surcan el cielo del Puerto  las avionetas que llevan y traen extranjeros deseosos de  disfrutar de los paisajes costeros y de las montañas, tan cerca uno del otro.

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***Los vecinos costarricenses son muy diferentes a nosotros. Tienen un acendrado espíritu de conservación por su entorno natural porque saben que de él pueden extraer enormes beneficios. Sus playas están limpias y protegen tanto a la fauna vernacular que cuatro clases de monos se aprecian en el área, especialmente en Cabo Matapalo, en el extremo más meridional de la península. Cuando usted llega a este sitio y se baja del vehículo que sirve de autobús (a propósito muy rudimentario) un concierto de grillos, cigarras y monos le dan la bienvenida. Los traviesos primates saltan a pocos metros por encima de la cabeza de los viajeros.  Es impresionante como se yergue la vegetación, con sus verdes contrastantes, a pocos metros de las playas.

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***El contacto con la naturaleza fue tan fuerte en nuestro periplo por Osa que la última noche, en el hostal Bolita, dormimos en una tienda de campaña  a menos de 40 metros de una inmensa serpiente terciopelo. Ronny, el canadiense propietario del hospedaje,  la descubrió muy cerca de un estanque de agua donde el reptil se abastece de ranas y sapos y le participó de ello a la decena de  exploradores que acampábamos (había franceses, ingleses y estadounidenses), no para infundir temor sino para que contempláramos tan exuberante ejemplar del mundo de los ofidios. Al caer la noche la oscuridad era absoluta, solo el ruido de los animales nocturnos cortaba el silencio.

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En Bolita, a unos cuarenta  y cinco minutos a pie del pequeño caserío de Dos Brazos del Río Tigre,  ascendiendo por un enmarañado bosque donde la alta humedad relativa hace sudar copiosamente, hay excelentes senderos con demarcaciones de las rutas por las cascadas y  las mejores panorámicas. Desde uno de estos puntos se divisa el volcán Barú, la geoformación más representativa de los chiricanos.

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Durante los cuatro días en Osa  contemplamos entre los almendros (parece que el fruto de este árbol es el preferido por ellas) a casi una veintena de lapas, como le llaman los ticos a las guacamayas.  Eran escandalosas, se oían a varios metros de distancia y se confundían con las hojas anaranjadas de la floresta. No le tienen temor a la cercanía de la gente.  Andan y vuelan siempre de dos en dos y pese a su fragilidad son,  indiscutiblemente, el potente imán que atrae a miles personas de todo el mundo por los rincones de Puerto Jiménez.

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Más allá del arco iris…

Febrero 13, 2010

Por: Milagros Sánchez Pinzón (mspinzon@gmail.com)
Oscar Alberto Sandberg, un inmigrante sueco que arribó a las fértiles tierras boqueteñas en las primeras décadas del siglo XX, le dejó como legado a su hijo Alberto una vasta propiedad en las faldas y en la cúspide de la Piedra de Lino.

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****En esos suelos Sandberg cultivó no solo el tradicional café de altura sino las Washington navel orange (las naranjas injertadas) y con ello  se convirtió en  el pionero de la comercialización de estos cítricos en el país.

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****La Piedra de Lino es una especie de atalaya rocosa que se yergue al norte de Bajo Boquete y  consigue una altitud de 1,590 metros sobre el nivel del mar. Remontarse hasta su cúspide implica superar los 600 metros, desde la finca La Pandura, en Alto Lino.

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Aquella no es una formación volcánica ordinaria, aunque parte de sus laderas están cubiertas por cafetales, los actuales propietarios de la inmensa geoformación aun conservan gran parte del bosque. Abundan higas, higuerones, ratón blanco, cenizos, matahombros, guayabos de montaña, pelahombros, ciguas pelusa, roblitos, entre algunas de las especies arbóreas.

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Cuando se arriba a la cima de esta Piedra,  si no está cayendo el pertinaz bajareque, se contemplan las  mejores panorámicas de la zona.  Se divisan casi todos los sitios poblados: Palo Alto, Alto Quiel, Los Ladrillos, El Salto, Alto Boquete, Los Jaramillos, El Santuario.

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Parados desde la masa rocosa que corona la cúspide,  el zigzagueante río Caldera asoma como un hilillo de agua, mientras que el volcán Barú parece alcanzarse con  las manos.  Pero lo más impresionante de todo es  avistar los arco iris formados por debajo de uno; se pueden ver ambos extremos de este hermoso fenómeno meteorológico de naturaleza óptica.
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Aunque se requieren pocas horas para realizar la travesía por la Piedra de Lino, muchos boqueteños todavía no la han emprendido, pese a que se trata de uno de los elementos más representativos y simbólicos de esta pródiga tierra.

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Milagros Sánchez Pinzón. Semanario Culturama (mspinzon@gmail.com)

Existen dos Londres, la capital británica y un pequeño caserío de Gualaca, en Chiriquí. Mientras que el primero está poblado por 7.5 millones de personas y su contaminación aérea está entre las peores de Europa,  el segundo solo tiene 50 habitantes que respiran aire puro, barrido constantemente  por las brisas húmedas de las montañas.

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Muy pocas personas conocen al Londres panameño.  El río Gualaca lo bordea por el oriente; el Cerro La Jaba (1,300 m.)  por el occidente y el exuberante Cerro Hornito, con sus 2,102 metros sobre el nivel del mar, lo flanquea al norte.

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Desde que al agricultor Leonidas Patiño, allá por la década del cuarenta,  se le ocurrió denominar con el mismo nombre de la metrópoli inglesa a estas tierras intermontanas, los londinenses chiricanos se dedican básicamente a la cría de ganado de leche y ceba, aunque producen para el autoconsumo: maíz, frijoles, naranjas, yucas, ñames, ajíes, otoes, guineos, plátanos, gallinas, puercos…

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Curiosos por verificar si realmente en esa región coexiste una veintena de saltos de agua, acordamos con Efraín González encontrarnos a las siete de la mañana del martes 2 de febrero de 2010, en la entrada de Londres, en la vía transístmica que une a  Chiriquí con Bocas del Toro.  Candelario y Pancho Julio eran los caballos pertenecientes a los González  que nos ayudarían en la larga faena por los cerros y valles del septentrión gualaqueño.

Al  recorrido por Londres se sumaron Héctor González y Gadiel Del Cid, lugareños cuyas manos endurecidas atestiguan el rudo y férreo trabajo que desempeñan desde el amanecer hasta ponerse el sol.  Y es que ellos conocen cada rincón de esas montañas los cuales describen, orgullosos, a los foráneos.  Para ellos su riqueza está en esos suelos…

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El quinteto expedicionario avanzó por la margen izquierda del río Gualaca en busca de las caídas referidas. Primero nos topamos con El Salto del Toro (llamado así porque uno de estos vacunos fue arrastrado por la corriente y logró sobrevivir). Este es un espectacular sistema de saltos -en caída de  45º- que se despliegan por casi 300 metros. El lecho rocoso aflora en bloques escalonados y origina charcos de tres a cuatro metros de profundidad, verdaderos balnearios de límpidas aguas que durante la estación lluviosa soportan más caudal.

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Luego nos encontramos con Los Gemelos I y Los Gemelos II, estos últimos bifurcados en una caída libre de casi diez metros. Como a un kilómetro, río arriba, nos sorprendió El Túnel, imponente cascada de 12 a 15 metros que se desparrama por una pared coronada con dos masas pétreas semiredondeadas que parecen suspendidas en el aire,  a punto de desplomarse.  Muy cerca de este salto descubrimos una roca con restos marinos fosilizados, prueba de que el istmo de Panamá estuvo sumergido en el fondo del mar hace millones de años.

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Charco de la Canoa creado por la Quebrada Brazo Sucio, un afluente del río Gualaca, fue el último de los puntos visitados.  Aunque el periplo consumió nueve horas a caballo y dos a pie,  no pudimos cubrir toda la zona,  allá todavía nos esperan los chorros de Brazo Tigre, La Pita y Las Nubes.

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La jornada la culminamos en casa de Héctor González y su madre Lika Castillo, al mejor estilo de los londinenses chiricanos: con sancocho repleto de suculentas verduras, arroz con guandú, gallina de patio y chicha de guineo. Todo, exceptuando el arroz, fue producido por ellos, por eso reclaman que se construya una verdadera carretera hasta su pueblo, para poder mercadear lo extraído de sus tierras y rechazan la instalación de una hidroeléctrica que arrancará el 90% del agua del río Gualaca  para dejarles el “ridículo” 10% de caudal ecológico.  Están seguros que con esa explotación hídrica las lisas, los robalos, las mojarras y sábalos que todavía pescan en esa corriente desaparecerán para siempre y los manantiales y ojos de agua que brotan por doquier en esas montañas se extinguirán.  Los londinenses de Gualaca entonces sí se parecerán a los de la Gran Bretaña: tendrán que comprar agua embotellada.

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****El río Gualaca nace en las estribaciones del Cerro Hornito, a más de 2,000 m.s.n.m. y se desplaza de norte a sur por 34.5 kilómetros hasta depositar sus aguas en el río Chiriquí, a 36 m.s.n.m.

Por: Milagros Sánchez Pinzón (Semananario Educativo Culturama- mspinzon@gmail.com)

Llegó la estación seca y con ella la gente de “tierra adentro” se vuelca a las fuentes naturales de agua para aminorar el sofocante calor del trópico.

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Aunque durante esta temporada experimentan una drástica reducción, los ríos caudalosos son los más apetecibles, principalmente en los puntos donde se forman  “charcos” profundos y la vegetación exuberante brinda cobijo a las familias  que deciden huir de las altas temperaturas de pueblos y ciudades.

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****En Chiriquí es casi un ritual la ida al río.  Desde temprano los más pequeños se entusiasman con la hora de emprender el viaje y los grandes preparan con tiempo algunas viandas tradicionales (sancocho, arroz con guandú, gallina de patio, tajadas maduras) y, si es posible, montar el fogón para cocinar a orillas de la corriente.

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Quienes no tienen  vehículo para alcanzar estos sitios de recreación caminan largas distancias para llegar hasta ellos. Poco a poco, especialmente los domingos,  se van abarrotando los balnearios naturales del río Platanal, Escarrea, Gariché, David, Cochea, Majagua, Piedra, Fonseca, Tabasará, Santiago, entre otros.

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****En algunos de estos centros espontáneos de esparcimiento,  la creatividad y el arrojo de los jóvenes resultan impresionantes.  Como el caso de los residentes de Macano, Santa Rita y Paraíso, comunidades del distrito de Boquerón,  que tienden a reunirse en las piscinas naturales formados por el río Piedras, casi en su punto de confluencia con el Chuspa, a una altitud de 644 metros sobre el nivel del mar.

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Estos lugareños, tratando de escapar de lo rutinario, se lanzan desde el zarzo que comunica a las comunidades de Guayabal con Paraíso hasta el “charco” que les espera abajo formado por la zigzagueante corriente del Piedras.   El rudimentario puente colgante  se eleva ocho metros.

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****No conformes con esto, los arrojados nadadores (incluso algunas chicas, como Eibis Fuentes) se envalentonan todavía más y deciden proyectarse desde el puente en construcción (paralelo al zarzo) que alcanza entre 11 y 12  metros sobre el nivel del río.  Se trata de una  prueba de verdadero coraje,  pues algunos avanzan hasta el punto de lanzamiento pero a última hora se arrepienten al ver la profundidad de la caída. Y no es para menos, porque los clavados desde los trampolines en las piscinas olímpicas alcanzan una altura máxima de 10 metros.

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Nosotros nos dedicamos a contemplar y fotografiar a la decena de temerarios bañistas que, sin pensar en las fatales consecuencias que puede acarrear su osada aventura,  se lanzaban una y otra vez desde tales estructuras ante la sorprendente mirada de los curiosos.

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Otros, continuaban indiferentes y aprovechaban al máximo las frescas aguas que confluyen en ese paso.  Es que ésta es, posiblemente, una de las últimas temporadas para disfrutar de ese lugar.  En poco tiempo, una hidroeléctrica  desviará las aguas del río Chuspa para aumentar el caudal del  Piedras y el paraje actual desaparecerá cuando echen a andar las potentes turbinas generadoras de la energía requerida a grandes distancias,  pero que –paradójicamente- no contempla satisfacer las necesidades de los locales, pues a pocos metros de la planta todavía no conocen las bondades de la hidroelectricidad.  Y si piensa que esto no es así, pregúntele al 52% de las familias residentes en Hornito (donde está Fortuna funcionando desde hace 26 años). Ellos aun se alumbran con guarichas y velas…

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